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El imponente paisaje cafetero se une como un gran rompecabezas a la gran variedad de actividades para conocer el proceso del café

 Si le hiciera caso a la sensibilidad para hacer este texto, leerían las palabras más cursis y llenas de adjetivos que hayan leído en su vida. Diría que estoy loca de amor, de 

ese ilógico que solo permite reconocer lo bueno. Escribiría libremente que vivo en el más increíble de los paraísos, donde está condensada la belleza pura del planeta, y
seguiría extendiéndome en descripciones exageradas hasta lograr que pase una de dos opciones: o se antojen de venir o no terminen de leer.
Preferiría que fuera la primera opción. Por esto, únicamente voy a enumerar algunas de las razones lógicas que enamoran de este territorio, declarado Patrimonio de la Humanidad.
Primero, este territorio posee una de las mejores combinaciones. Montañas llenas de cafetales que permiten disfrutar de un horizonte digno de una pintura, y un fuerte arraigo a
las tradiciones que forman parte de un importante legado cultural.

El imponente paisaje cafetero se une como un gran rompecabezas a la gran variedad de actividades para conocer el proceso del café, desde la siembra, selección, aroma, color,
catación, integrando los cuatro elementos: tierra, agua, fuego, aire, para despertar miles de sensaciones difíciles de olvidar.
En segundo lugar, cientos de fincas cafeteras incrustadas en las montañas de esta región se han preparado para recibir a los visitantes y mostrarles, con recorridos vivenciales
e interactivos en medio de la naturaleza, las tradiciones de la tierra del café. Los sentidos descubren el espectacular paisaje, el inolvidable aroma de la tierra, el sabor del
café y el poder de los elementos de la naturaleza.

En último lugar, movilizarse en medios de transporte tradicionales, como el jeep y el caballo, caminar entre senderos habitados por la más variada flora y fauna y conocer
directamente la plantación, son algunas de las bondades que ofrecen estos lugares a los visitantes. Extranjeros y nacionales se van enamorados de este paisaje lleno de verdes en
diferentes tonalidades; de pájaros y animales que no temen recorrer los espacios a su antojo; de la comida sabrosa, con sazón de hogar y de las sonrisas de sus habitantes, que
están siempre dispuestos a ayudar y a hacer sentir como si estuviese en casa.
Y luego, más allá de las fincas cafeteras, los cafés especiales en los pueblos de encanto, esos que se encargan de atraer a todos quienes quieren saborear el suave sabor de esta
bebida nacional. Con diferentes diseños y cada uno con su especialidad, todos ellos se preocupan por brindar una experiencia única, donde se siente un poco la historia y lo
importante de reconocer de donde viene esa buena taza de café.

TOMADO DE: www.destinocafe.com