salamnacaldas

En 1982 se logró que el territorio fuera declarado Monumento Nacional.

Salir de Manizales hacia el norte es echar una mirada a la historia de la colonización antioqueña pegada a la vertiente occidental de la cordillera Central: Neira, Aránzazu, Filadelfia, Salamina, Pácora, Aguadas, Abejorral, Sonsón.

La carretera que une estos pueblos, hoy pavimentada y bien mantenida, fue la trocha que los colonos abrieron para descumbrar selva y hacerse con la posesión de tierras que reclamaban como propias las grandes concesiones territoriales otorgadas por la Corona desde fines del siglo XVIII. La verdadera lucha de los colonos no fue contra una selva enmarañada sino contra la maraña de títulos de propiedad.

En las cercanías de Sonsón se estableció en 1787 la que Parsons considera la primera colonia del movimiento hacia el sur.

Antiguos mazamorreros, trabajadores sin tierra, esclavos libertos, vagos, ladronzuelos, pícaros fueron la primera ola colonizadora que llegó a Sonsón y Abejorral a fines del siglo XVIII y principios del XIX.
Se estrellaron contra la concesión real de Felipe Villegas sobre todos “esos países”, y se crio en ellos un semillero de litigios y enfrentamientos que desembocó en violencia abierta.

Después de Sonsón se establecieron las colonias de Abejorral (1808), Aguadas (1814), Pácora (1832) y Salamina. La colonización avanzaba hacia el sur –“Cauca arriba”– a medida que las nuevas tierras eran ocupadas o entraban en complicados litigios con los pretendidos propietarios.

Hubo también un frente de “colonización forzada” al sur del río Pozo con gentes que “no tenían rentas, ni bienes, ni oficios, ni beneficios”, en lo que más tarde se llamaría Salamina, fundada legalmente en 1825 sobre terrenos considerados baldíos o de utilidad pública.

En 1833 fue trasladada a su ubicación actual, pero siempre dentro de la concesión Aránzazu, propiedad de la poderosa firma comercial González, Salazar y Cía. En Salamina las corrientes culturales y económicas de Cauca y Antioquia se enfrentaron. Inclusive en la región tuvo lugar la célebre batalla de Salamina (abril de 1841), donde el gobierno de Herrán derrotó a los rebeldes.

La colonización antioqueña tuvo que enfrentar, como queda dicho, las grandes concesiones de tierra, cuyo papel era obligar por la fuerza de la ley y de las armas a que la gente sin tierra trabajara esos enormes territorios. Pero era casi imposible mantener a raya la colonización, de tal manera que los trabajadores rebasaron los sistemas de arrendamiento, terraje, aparcería y jornaleo, por la simple razón de que había tierras disponibles y sobre todo fértiles, en particular las de la cara occidental de la cordillera Central, donde el café se daba muy bien y los árboles pepeaban con abundancia. Para completar, a fines del siglo XIX el precio internacional del grano se mantuvo en ascenso.

Estos hechos explican que en el Eje Cafetero, salvo en Fredonia, la gran hacienda cafetera al estilo de Cundinamarca y Tolima no echara raíces. Los grandes concesionarios no pudieron hacer haciendas. Más bien terminaron por parcelar las propiedades reconocidas por el Estado, una vez que los gobiernos entregaron a las colonias grandes globos de terreno para la fundación de pueblos y el asentamiento de colonos.

El café fue controlado no por terratenientes sino por comerciantes exportadores que terminaron fundando la Federación Nacional de Cafeteros. De todas maneras, el cultivo parcelario del café contribuyó no solo al nacimiento de la industria y a su crecimiento, sino también a crear un campesinado libre, asomo de una democracia real.

A Salamina por tierra

De Manizales a Salamina, el descenso es vertiginoso hasta el puente sobre el río Guacaica; en pocos minutos el clima cambia y los cultivos de café escasean. La carretera se hizo sobre el trazado del Camino del Norte, construido por colonos antes de la fundación de Manizales, de sur a norte, en sentido contrario a la colonización, lo que hace suponer que en realidad fue un mejoramiento de la trocha de los colonos. La carretera vuelve a subir hasta un punto llamado Las Guacas, donde, según se dice, había muchas sepulturas de indios. La búsqueda de guacas fue uno de los resortes de la exploración geográfica empírica llevada a cabo más por guaqueros que por campesinos.

Al remontar la cuchilla, la vertiente se llena de parcelas cafeteras. Quizá por haber sido un camino de a pie se conserva hoy la buena costumbre de mantener las rondas de las quebradas y las orillas de los caminos con árboles que procuran humedad y sombra. Los quiches crecen en los troncos. Se diría que a cambio del hospedaje guardan el agua que el palo necesita en los veranos. En contraste, Cartón de Colombia tiene algunos cultivos de pino debajo de los cuales no hay ni cucarrones ni mariposas. Literalmente, no se da ni agua.

Al voltear una curva aparece, sin anuncio, Neira. Como su hermano gemelo, Aránzazu, no conserva de los días de la colonización sino unas pocas edificaciones en franco deterioro. La catedral tiene un aire musulmán; en la primera planta, como en las mezquitas, funciona un mercado.

A Salamina llegué cuando la tarde caía con esa morosidad que hace ver de cobre el lomerío que la rodea y la sustenta. El pueblo, construido en la cúspide de un cerro, fue Cantón del Sur y Prefectura, y durante la primera parte del siglo XIX dominó la economía de la región.

 

 

TOMADO DE: www.eltiempo.com