El profe Montoya, el 'campeón de la vida', un ejemplo para todos

luis fernando montoya


El espíritu humano no se rinde. Es inquebrantable

 

 

“Un hombre puede ser vencido, pero no destruido” (Ernest Hemingway, El viejo y el mar ).

El espíritu humano no se rinde. Es inquebrantable. Cuando un hombre verdadero se lo propone, nada ni nadie lo puede doblegar, ni someterlo. El alma de un hombre es irrompible, por grande que sea la tragedia que le caiga encima. El mejor ejemplo que conozco, aquí o en cualquier parte del mundo, se llama Luis Fernando Montoya.

Pienso en eso mientras lo estoy viendo, al frente del escenario, inmóvil en su silla de ruedas, que también tiene algo de camilla de hospital, porque se convierte en una tabla larga cuando necesitan inclinarlo adelante o atrás. No puede mover ni un dedo y, sin embargo, sonríe. El recinto está repleto de adolescentes que estallan en aclamaciones y corean su nombre cuando lo ven aparecer.

El crimen ocurrió a finales del 2004. Lo recuerdo como si hubiera sido esta mañana. Creo que ningún colombiano mayor de veinte años ha podido olvidarlo. En aquellos días, la gente respiraba ya el aire de diciembre. Olía a fiestas.

Montoya era una especie de ídolo colectivo que estaba en la cumbre más alta de su trabajo. Era el director técnico del equipo de fútbol de Manizales, llamado Once Caldas, compuesto por unos muchachos modestos y entusiastas. Contra la opinión de todo el mundo, Montoya y su gente ganaron la Copa Libertadores de América, nada menos, venciendo al legendario Boca Juniors de Argentina. Los colombianos, en grandes ciudades o pequeñas aldeas, adoptaron el equipo como si fuera suyo, con cariño y admiración.

Montoya, pues, tenía el mundo en la palma de la mano. Era un mimado del éxito profesional. El futuro le sonreía de oreja a oreja. Hasta que llegó aquel mediodía de diciembre. Estaba en su casa de la población de Caldas, al pie de las montañas de Antioquia, cuando entró su esposa Adriana con la plata para las compras navideñas, que acababa de sacar de un cajero automático.

Detrás de ella venían unos atracadores que intentaron arrebatarle el dinero. Montoya se lanzó a defenderla. Le pegaron dos balazos en la columna vertebral. Diagnóstico de los doctores: cuadriplejia incurable. Nunca más volvería a caminar. Su hijo José Fernando solo tenía tres años en ese momento.

El Profe

Todo el mundo le sigue diciendo ‘profesor’, que es como llaman en Colombia a los entrenadores de fútbol, incluso en aquellos casos que resultan cómicos por los apodos, como el profesor ‘Caimán’ o el profesor ‘Bolillo’.

Así lo reciben dondequiera que llega en sus correrías, contratado por la Personería de Bogotá para que sirva de ejemplo en la campaña de construir ciudadanos entre los jóvenes. Les habla de los deberes y derechos de cada quien, del respeto a los demás, de la ética social, del valor de la vida.

Montoya ha estado ya en 450 colegios bogotanos y ahora viaja por todo el país como mensajero del esfuerzo y la esperanza. Es como el pregonero de una Colombia nueva: “Se sobró, campeón, se sobró…”

Un salón atestado de alumnos de bachillerato lo recibe en Cartagena con una de las más grandes ovaciones que haya oído en mi vida. Montoya los mira, agradecido, mientras la silla de ruedas avanza por el pasillo central. No puede empujarla. De eso se encarga su esposa.

La cabeza ha sido fijada con una venda en el espaldar de la silla. La rigidez es completa y permanente. Después de once años, con grandes esfuerzos y terapias, ha logrado mover los ojos y la boca. Los estudiantes del auditorio, que son del Colegio Comfenalco, sostenido por la caja de compensación familiar, lo miran ahora en silencio, con cariño y respeto.

Pero, de súbito, como si estuvieran en la gradería de un estadio, hacen la ola, empiezan a canturrear, baten palmas, improvisan coplas, bailan unos con otros entre los asientos: “Campeón, el profe, campeón;campeón de la vida, campeón”. “Se sobró, el profe, se sobró…”

Sueños, esperanzas, valores

Sube al escenario flanqueado por tres gigantescos retratos de la madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King y Nelson Mandela. Me parece que solo faltó Gandhi.

—Muchachos –dice de pronto, con una voz amorosa y pausada–, no dejen pasar la vida sin hacer que sus sueños se vuelvan realidad. Yo también alimento sueños y tengo esperanzas.

Revienta de nuevo aquel trueno de aplausos. Su esposa le acerca a los labios un vaso de agua.

—Mi sueño de hoy –prosigue– es que algún día pueda mover las manos. Aunque sea una sola. Una solita. ¿Saben para qué? Para abrazar a mi hijo y acariciarle la cabeza a mi mujer. Eso es todo lo que le pido a la vida. No pido nada más.

Tras eso, ya no hubo cánticos ni aclamaciones, sino algo mucho más elocuente y expresivo: el silencio. Recogimiento. Lo único que se oye es el zumbido del aire acondicionado. Y la respiración jadeante de Montoya.

El confesor y los músicos

—Valoren lo que tienen –les dice–. Muchachos: si solo tienen un pedacito de pan para desayunar, valórenlo como el pan más grande y sabroso del mundo. Valoren cada gota de agua que se beben. Yo sé cómo les digo, muchachos, que la vida es un valor incomparable.

El Profe, que tiene ahora 58 años, termina su charla y se dispone a bajar de la tarima, pero los muchachos no lo dejan. Piden permiso para subir a hablar con él. Van de uno en uno. Quieren contarle sus cuitas y sus esperanzas. Para que pueda oírlos, y para oírlo, se arrodillan junto a la silla de ruedas y se acercan a su oreja. Parece que estuvieran al pie de un confesionario.

Al final, cuando termina aquel secreteo inviolable, llegan los músicos del grupo Maká, que tocan fusión de pop con rock. También reggae. En el enorme recinto, 340 jóvenes arrancan a corear las canciones. Montoya los acompaña, haciendo gestos con los ojos. Sonríe una vez más.

Los suicidas de la comuna

El profe Montoya trabaja en el Inder, la oficina de recreación y deportes de la Alcaldía de Medellín. El otro día, la escuela de una comuna popular solicitó que lo enviaran a conversar con los alumnos. Es un barrio de invasión, enorme, sitiado por la miseria y el delito, en donde viven desplazados que huyen de la violencia.

Sucede que treinta niños del grado séptimo intentaron suicidarse tomando un veneno. Tres de ellos murieron. Padres y profesores sospecharon que se trataba de un pacto satánico. Esa mañana, al salir de casa, y tal como hace todos los días, Montoya le dijo a su esposa:

—Dame la bendición, que voy para la oficina.

Al llegar a la escuela encontró una situación tan difícil que varios jovencitos estaban borrachos. Otros llevaban armas. Puesto frente a ellos, les dijo:

—¿De manera que yo, que ni siquiera puedo bañarme con mis propias manos, amo la vida por encima de todo, y ustedes, que la tienen completa por delante, están intentando destruirla? ¿Ustedes saben lo que vale su propia vida? ¿Y la vida ajena?

La ‘Liendra’

Al concluir el acto, un muchacho sombrío se puso de pie. Era la ‘Liendra’, el más temible de todos, el líder de los suicidas.

—Gracias por venir a visitarnos –le dijo a Montoya–. Gracias por su ejemplo. ¿Puedo acercarme a usted?
Fue hasta donde estaba la silla de ruedas, se inclinó sobre el Profe, le besó la mano y le dio un abrazo apretado y largo. Luego intentó decirle algo, pero no pudo hablar: tenía la cara bañada en lágrimas.

Mientras comentamos esta historia, bajo el sol radiante de Cartagena, le pregunto a Ricardo Cañón, personero distrital de Bogotá, cuánto le cobra Montoya por recorrer Colombia en la campaña de construir nuevos ciudadanos.

—Se negaba a cobrarme –contesta–. Yo tuve que decirle que ese es su trabajo y que, si él no me cobraba, yo no podría hacerle ninguna sugerencia ni exigirle nada. Solo así accedió a recibir un pago.

“Que los perdone Dios”

Entonces salimos al patio. La brisa caliente del mar lleva olor de mangos y de flores. Pido que me dejen a solas con el Profe.

—¿Un hombre como usted tiene alguna ilusión? –le pregunto.

—Tengo una sola –me responde–: acariciar con mi mano a mi hijo José Fernando, que ahora tiene 14 años. Así sea lo último que haga. Después puedo morirme tranquilo.

—¿Usted perdonó a esos criminales que le dispararon?

—Acabo de decirle –responde con energía y vigor– que ellos me impiden acariciar a mi hijo. ¿Cómo quiere que los perdone? Lo que hago es no darles el gusto de pensar en ellos. Últimamente se han presentado tantos perdones ficticios en Colombia que ya eso perdió el sentido. El perdón se volvió un espectáculo. Por eso es que la justicia anda como anda. Yo no perdono; que los perdone Dios.

Cierra los ojos por un momento fugaz. Luego agrega:

—En Colombia no hay que seguir perdonando a los criminales. En cambio, hay que darles reconocimiento a las personas buenas. Todo el que se merecen.

—¿De qué vive el Profe?–Buscando las palabras más delicadas y las formas más sutiles, le hablo de su subsistencia y su familia.

—Con qué los mantiene.

—Yo hice unos ahorros en los buenos tiempos. A los jugadores les aconsejaba siempre que ahorraran para comprar su apartamento, para su futuro, para la educación de sus hijos. Además, trabajo en el Inder, dicto las charlas de la Personería, escribo una columna semanal para El Espectador, en el Sena ofrezco cursos de dirección técnica de fútbol…

Se detiene de súbito, aprieta las mandíbulas, me lanza una mirada resuelta. Su voz es rotunda y terminante:

—¡Yo no soy un inválido!

Epílogo

La entereza de este hombre me deja perplejo. ¿Es que no hay nada que logre doblegarlo? ¿No le tiene miedo a nada?

—Sí –me dice–. Le tengo miedo a viajar en avión.

Sonríe de nuevo. Y entonces añade esta maravilla:

—Pero, cuando estábamos llegando a Cartagena, vi el mar desde la ventanilla. Entonces ya no sentí miedo, sino felicidad.

Esa misma noche me senté a escribir esta crónica. Yo, que en estos años he escrito tanto sobre los que roban, los que engañan, los que saquean el sistema de salud, los que le hacen daño a Colombia, los que encarecen los medicamentos, los que falsean el precio de la gasolina, hoy vengo a decirles que no todo está perdido mientras quede gente como el Profe. Hay esperanza.

Mi mujer lee los borradores de este reportaje. Termina, me devuelve las hojas, murmura entre dientes:

—Y uno renegando por un mareo…

 

 

TOMADO DE: www.eltiempo.com